Inma Torres

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Cómo encontré el sentido a mi vida (y cómo tú también puedes, claro)

enero 4, 2016 Por Inma Torres

 NOTA DE LA EDITORA: ESTO ES UN ARTÍCULO INVITADO POR JON VALDIVIA, DE JONVALDIVIA.COM

vida con sentido

El chaval tanzano me dio con el machete por tercera vez, y ahí mi vida pasó por delante de mis ojos.

No es tan dramático como parece, de verdad. Lo que pasa es que, por un momento infinito, uno se cree que no lo va a contar, así que se lo cuenta a sí mismo para ver si la película ha estado bien o mal, lo mismo que comentamos el último episodio de la serie favorita. Somos así: una vez que termina algo, necesitamos evaluar, y lo hacemos sin darnos cuenta, en piloto automático.

Así que, en piloto automático, evalué sin querer. ¿La peli de mi vida ha estado bien o mal? La respuesta no se hizo esperar: «todavía me queda mucho por hacer. Por favor que no me maten por este trabajo«.

Mi mente occidental tuvo que meter el trabajo en esa evaluación, no sé por qué, y me pasé los siguientes seis meses rumiando el trabajo en el que merecería la pena involucrarme si el precio a pagar fuera irse al otro barrio.

¿Horticultor?

¿Sastre?

¿Restaurador de motos?

«No, curar el cáncer… pero no soy médico… montar una ONG, sí, eso sí… no, mejor salvar a las ballenas». Imagínate mi cabeza.

 La pregunta equivocada

De algún modo entré en un curso intensivo de lo que muchos de nosotros hacemos durante años: dar la respuesta a «qué quiero hacer con mi vida«. Esta pregunta presupone que, si encontramos un trabajo ideal, seremos felices, plenos, y daremos sentido a nuestra vida.

Hay que pararse a pensar en todas las implicaciones que tiene esta forma de entender el sentido de la vida. Pensar así nos catapulta a buscar «qué hacer«, y nos define por nuestra actividad. Eso no está del todo mal: no es lo mismo que nuestra actividad sea «asesino a sueldo» que «curar el cáncer«, pero de algún modo nos quita posibilidades de éxito en el asunto de llevar una vida con sentido en el aquí y ahora, día tras día.

¿Y si descubres que la actividad que te hace feliz es ser instructor de surf pero tienes tres hijos y vives en Cuenca? ¿Y si tu actividad feliz es meditar diez horas al día y no pagar el alquiler? Hago una reducción al absurdo para ilustrar algo que a todos nos pasa: no siempre es posible dedicar nuestras vidas a una sola actividad que sea el jardín y fruto de nuestras alegrías.

Aunque decidiéramos ser unos «supermotivaos» y poner nuestra vida patas arriba para «seguir nuestro corazón y vivir nuestros sueños«, quizá pasarán cinco o diez años hasta que podamos conseguir ser esa persona que hoy soñamos ser. Quizá incluso, para cuando lleguemos allí, ya no nos guste tanto ser instructor de surf porque tenemos artritis. O quizá el monasterio Zen de nuestros sueños no tiene WiFi…

No sé si me explico, pero lo que trato de decirte es que intentar resolver el sentido de nuestra vida a través de «qué hacer» es un asunto lleno de trampas. Por supuesto, persigamos las actividades que nos hacen felices, pero condicionar todo nuestro bienestar emocional y felicidad interior al «sólo seré feliz si hago X, Y, Z«, es negociar en nuestra contra. Es ponernos una trampa y demasiadas condiciones.

 Vuelco y cambio de perspectiva

Después de seis meses rumiando «qué hacer» y no llegar a ninguna conclusión, tuvimos un accidente en coche, también en Tanzania, durante un safari. Esta vez mi reacción no fue evaluar mi vida, fue saltar del coche y dedicarme al 100% a sacarnos a todos de allí con vida. Nunca me sentí más útil, más vivo, más pleno. Después de varios tequilas y unos días de relax post-traumático, encontré la respuesta a la pregunta que me había hecho mucho antes.

Tres letras: ser.

 Ser viene antes que hacer. Todos tenemos una serie de cualidades, o valores, que dan sentido a nuestra vida día sí y día también, independientemente de qué hagamos. Para mi caso personal es ser un comunicador, creativo, aventurero, libre, ser sincero y auténtico, ser generoso. En mi «momento accidente«, encontré sentido en ayudar, en arriesgarme, en darlo todo por mis amigos sin pensar en mí.

Al igual que en la evaluación del machetazo, lo hice sin querer, sin pensar, sin dedicarme tres días a meditar «qué quiero hacer con mi vida» e ir a siete cursos para encontrar mi constelación interior. Simplemente fui yo mismo, dándolo todo, sin preocuparme por meterme en un coche con fugas de combustible para ayudar. Lo que había dentro de mí, salió sin restricciones.

Fui un poco tonto e imprudente, pero fui feliz. Más que feliz: mi existencia en el planeta contó para algo. Algo hizo «clic» en mi sistema. Encontré sentido en quién era, en lo que estaba dando de mí mismo, en la carne que estaba poniendo en el asador.

 Vivir en tu ser

Cuando fallo en ser mi mejor yo, da igual que esté haciendo lo que más me gusta hacer, estoy fallando a mi esencia, a mi verdadero sentido de la vida. Inmediatamente me vuelvo una persona gris.

¿No nos ha pasado esto alguna vez? Eso de «todo en mi vida va bien pero algo me falta«.

A mí me ha ocurrido muchas veces: dedicar mi tiempo a lo que más me gusta pero aún así sentirme perdido. Eso pasa porque mi «ser» está desencajado. Quizá estoy viajando y haciendo música pero no estoy conectando con otras personas, o no estoy siendo sincero sobre lo que realmente necesito, o no estoy dando nada de mí mismo a los demás. Estoy negando los valores y actitudes que dan sentido a mi vida, y por tanto mi actividad es irrelevante.

Asimismo, ¿no nos pasa a veces que estamos rodeados de problemas pero somos felices? Hay momentos en los que todo está en nuestra contra pero estamos siendo la mejor versión de nosotros mismos, y nos comemos el mundo.

Esto nos pasa cuando vivimos en coherencia interna. Esto es decir «sí, tengo problemas. Sí, tengo una situación muy dura, pero tengo la brújula interior bien ajustada y estoy siendo quien quiero ser, y mientras tanto trabajo para mejorar mi situación externa o llevar a cabo los proyectos en los que creo.»

Éste es mi gran aprendizaje vital. Este «cambio de chip» me cambió la vida a mejor. Tanto, que casi casi casi me da igual mi actividad, pero me impacta mucho si no estoy siendo la mejor y más auténtica versión de mí mismo, si no estoy dando el 100%, poniéndome al servicio de algo más grande que yo. No quiero ser cursilón, pero es que lo siento así.

No creo revelarte nada nuevo. Ya decían en el Oráculo eso de «conócete a ti mismo«. Y realmente no es tan complicado. Solo has de preguntarte qué actitudes y valores, cuando los pones en práctica sin restricciones, engrandecen tu corazón, te dan paz interior, te ponen una sonrisa en la cara, y hacen de tu vida algo que vale la pena. Asimismo, pregúntate qué actitudes te hacen de menos, te dan tirria, te hacen sentir mal.

 Pon tus valores en marcha

Una vez que tenemos eso claro, y lo ponemos en práctica al 100% (el 99% no vale), lo demás no es que de igual, sino que es una feliz consecuencia. Tardaremos más o menos en conseguir nuestros objetivos, o tendremos actividades más o menos satisfactorias, pero viviremos con sentido cada día.

Una vez que tenemos esto claro, lo que ocurre es que buscamos actividades y proyectos en los que tenemos la oportunidad de «ser más» de eso que llena nuestra vida de sentido. Nuestra actividad se convierte en una manifestación de nuestro ser, no en una búsqueda de nuestra identidad.

Al menos, esa es mi experiencia, y la de otros cuantos cerebritos filosóficos mucho más listos que yo.

 No es difícil

Lo difícil no es llenar la vida de sentido. Lo difícil es abandonar nuestros esquemas mentales acerca de cómo alcanzarlo. Lo difícil es cambiar la mentalidad de «soy lo que hago» o «me mido por lo que dice mi tarjeta de visita» o «lo guapos que son mis hijos» o «mi salario«.

Claro, que no todos tenemos la suerte de que un tanzano se nos líe a machetazo limpio, o volcar un 4×4, para llegar a tener estas epifanías peliculeras. Yo es que soy algo zopenco y me las tengo que ver en esa tesitura para despertarme y pensar con claridad. Como tuve esa suerte, lo comparto contigo para que no te pongas a pensar en el sentido de la vida mientras tu coche da vueltas de campana 🙂

Si te ha gustado la historia y su mensaje, tengo un librito llamado «Una Vida Con Sentido» que puedes descargarte gratuitamente al suscribirte a mi blog (al final de la página).

Un abrazo, y gracias por compartir este rato juntos.

 Jon

(foto: Roman Boed)

 BIO:

Jon Valdivia es coach, viajero infatigable, y autor de jonvaldivia.com, donde comparte lecciones acerca de simplificar la vida y darle sentido, mientras persigue sus objetivos y proyectos. Además de su mini-libro «Una Vida Con Sentido«, ofrece sesiones de coaching a personas comprometidas que quieren cambiar o mejorar su vida.

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GTD Parte 4: Hacer

diciembre 12, 2014 Por Inma Torres

Sigo con esta serie sobre el método de productividad GTD (Organízate con eficacia), método de organización personal difundido por David Allen. Este método consta de 5 partes:

  • Recopilar

  • Procesar

  • Organizar

  • Revisar

  • Hacer

 

En el libro vienen en este orden. Sin embargo yo he decidido poner antes el hacer que el revisar, puesto que es en el orden que se hace normalmente.

 

Es importante no perder de vista que, tanto este método de organización personal como otros métodos de productividad tienen un único objetivo: hacer las tareas y proyectos que tengamos pendientes.

 

¿Cómo elegir el trabajo a realizar en cada momento?

 

Para decidir qué hacer en este momento no debemos mirar ni la lista de proyectos, ni la lista de “algún día/quizá”; sólo la lista de Acciones siguientes (o Próximo)  y, quizá, la lista de tareas “A la espera”.

 

David Allen propone cuatro posibles criterios a la hora de escoger acciones de nuestra lista “Próximo” o “Acciones siguientes”. Para ello, se deben tener en cuenta los siguientes criterios:

 

  • Contexto: Ya os hablé de organizar las acciones por contextos. Pues de eso se trata, de que cuando nos encontremos en una situación o contexto determinados hagamos rápidamente a las acciones que podemos realizar en ese momento.
  • Tiempo: Se refiere a la estimación de tiempo requerido para poder llevar a cabo la acción. Esto nos lo dirá nuestra experiencia. Tendremos que organizar nuestras tareas en función del tiempo del que dispongamos para ello.
  • Nivel de energía: Se refiere a la estimación de energía requerida para poder llevar a cabo la acción. Hay acciones más mecánicas que otras y algunas requieren concentración y enfoque absolutos. No siempre tenemos la misma energía para hacer ciertas cosas. Por ejemplo, a primera hora de la mañana solemos estar más despejados y es el momento para hacer aquellas tareas que requieran más concentración y no para abrir el correo electrónico u otras tareas mecánicas.
  • Prioridad: Se refiere a la estimación de la prioridad que tenga la realización de una acción. La prioridad siempre se fija con relación al resto de acciones y si trabajas por contextos,  fija la prioridad con respecto a las otras acciones del contexto.

 

Mi día de trabajo con GTD en 10 pasos

 

La verdad es que en la parte de hacer siempre he ido por libre y me he montado mis propias reglas tomando ideas de aquí, de allí y de mi propia experiencia, así que el proceso que tengo yo para hacer las tareas en mi día a día es posible que no sea del GTD exclusivamente, sino que también tenga ideas de  Stephen R. Covey y  Leo Babauta -entre otros.

 

  1. Me organizo el día. A primera hora del día o al final del día anterior (yo prefiero esto último) organizo mi día. Para ello reviso la lista acciones siguientes y las Grandes Rocas para esa semana, y elijo mis Tres Tareas más Importantes (aquellas que me acercan a mis objetivos). También decido qué otras tareas más rutinarias y/o urgentes tengo que hacer hoy. Reviso la agenda para ver citas, reuniones y/o eventos para ese día que tenga que tener en cuenta.

  2. Elijo una Gran Roca. Primero, selecciono una tarea (normalmente una de mis TMIs) y me pongo a trabajar en ella, ya sea hasta que se termine, o por una cantidad fija de tiempo (por ejemplo 30 minutos o 1 hora).

  3. Suelo crear 3 bloques de trabajo “pesado” (que requiere más concentración) a lo largo del día, en los que hago avanzar mis proyectos, realizando las tres TMIs fijadas para ese día, y otros 2-3 bloques de trabajo menos pesado, en los que resuelvo temas urgentes que son rápidos de resolver, y hago tareas rutinarias de baja intensidad, como hacer llamadas, archivar, etc.

  4. El primer bloque de trabajo no pesado consiste en  revisar las bandejas de entrada (principalmente el correo electrónico y la bandeja física), para procesarlas rápidamente y organizar el trabajo que resulte. Las tareas que son rápidas de hacer (menos de 2 minutos) las realizo sobre la marcha. También en este bloque echo un vistazo a la lista de tareas “a la espera” y envío los recordatorios necesarios, dependiendo de la urgencia y la antigüedad de cada elemento en la lista. Esta es una forma de asegurar que el trabajo delegado no caiga en el olvido, y que los responsables sientan la “presión” necesaria para que terminen el trabajo lo antes posible.

  5. Entre un bloque de trabajo y otro me tomo pequeños descansos de 5 minutos para recuperar fuerzas. Por ejemplo, charlando con alguna compañera, levantándome y estirando los músculos, o comiéndome algún pequeño snack. Además de descansar, estas pausas sirven como pequeños premios que me doy por el trabajo bien hecho.

  6. Cuando inicio un bloque de trabajo pesado,  antes de empezar, elimino todas las distracciones. Cierro el correo electrónico, apago el teléfono móvil, internet, si es posible (de lo contrario simplemente cierro todas las pestañas innecesarias), elimino el desorden en el escritorio, cualquier cosa que me pueda descentralizar.

  7. Interrupciones. Si me interrumpen, anoto cualquier petición o tarea entrante/información en mi bloc de notas, o coloco el documento en mi bandeja de entrada, y continúo con lo que estaba haciendo.En ningún caso dejo de hacer lo que estoy haciendo hasta terminar lo que me había propuesto para ese bloque de trabajo (salvo que me lo pida el jefe, claro).

  8. Hay momentos en que una interrupción es tan urgente que no puedo posponerla hasta que haya terminado con la tarea en cuestión.En ese caso, hago una nota de por dónde me he quedado en la tarea en cuestión, y pongo todos los documentos o notas para esa tarea juntos y aparte (tal vez en la carpeta «Acciones Siguientes» o la carpeta del proyecto). Luego, cuando vuelvo a esa tarea, puedo coger mi carpeta y ver mis notas para ver donde lo dejé.

  9. Si siento la necesidad de revisar mi correo electrónico o cambiar a otra tarea, me freno a mí misma. Respiro profundamente. me reenfoco de nuevo y vuelvo a la tarea en cuestión.

  10. Al final de la jornada procuro reservar uno de los bloques de trabajo de baja intensidad para hacer una revisión rápida de todo el sistema GTD. En esa revisión proceso lo que haya aparecido nuevo en las bandejas de entrada durante el día (incluido el correo electrónico), limpio la lista de Acciones Siguientes (eliminando el trabajo ya completado), y organizo mi día de trabajo siguiente. De esa forma puedo irme con la tranquilidad de que todo está bajo control.

Y creo que no me dejo nada. Me queda pendiente explicar cómo gestionar los proyectos, pero eso es para otro post.

 Otras entradas de esta serie

  • GTD, la clave de la productividad

  • GTD Parte 1: Recopilar

  • GTD Parte 2: Procesar (1)

  • GTD Parte 2: Procesar (2)

  • GTD Parte 3: Organizar

  • GTD Parte 4 (2): Gestión de Proyectos
  • GTD Parte 5: Revisar
Foto de Nanagyei

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